
Pelo alborotado. Camisa ancha, desabotonada. Sin duda, era ella. La reconozco a lo lejos. Empezaría a correr pero hay que comportarse, me digo a mi misma. La necesito. Necesito su contacto. Y llega. Y me abandono a sus brazos...y me derrito. No es necesaria ni una palabra. Solo miradas, escondidas, atrevidas.
Y de un momento a otro se van todos y nos dejan a solas, ella y yo, sentadas en un sofá. Abrazadas. Y en el transcurso de una hora, ninguna de las dos despega los labios. Inocentes carícias recorren nuestros cuerpos. No es necesario besar. Sólo es necesario amar.
Y así, el silencio nos brindaba otra oportunidad.









