
Sus manos la bordeaban suavemente en un destello dorado. Su piel se erizaba por su contacto y por la fría orilla del mar que le bañaba los pies. La espuma quedaba impregnada en su piel tallando una silueta cada vez que la orilla retrocedía volviendo a fundirse en un beso desesperado con la gran cantidad de lágrimas azules que formaban el mar.
Una gaviota cruzaba el cielo, recortando las nubes y sombreando la arena al posarse entre el Sol y la Tierra. Sus acrobacias en pleno vuelo hacían crecer la envidia a cada segundo de cientos de gaviotas aposentadas en el puntiagudo acantilado, como si les fuera la vida a cada paso. Cuando el ave caía en picado para sorprender a sus compañeras, el cielo se quebraba en dos. Nuestra protagonista presumía de su vuelo bajo creando un susurro casi sólido y helado, tercera causa del escalofrío de la mujer.
La noche en aquella playa amenazaba oscura, silenciosa y reposada, escondiendo a la pareja y vigilando cada uno de sus actos. Hechizados, como si la luna les hubiera drogado, se dejaron llevar por el deseo mientras el mar suavizaba cada movimiento y salaba cada beso fugaz y entrelazado.
cuantas sensaciones al leer esta entrada.....(L)
ResponderEliminarNi el escritor más prestigioso definiría tan profundamente una escena así!
ResponderEliminarPrecioso (L)
es genial, mitad
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