Yo era una cautiva de la irrealidad, la cual me sostenía en sus brazos aquel día en que él nos dejaba a mí y a todo el campamento para marcharse lejos, quizá buscando algo mejor. Me pidió que comiésemos juntos en aquella estancia hecha de marfil donde cada recuerdo quedó tallado con las manos expertas de un autor de memorias. Confío en que el viento no las haya erradicado.Pero mi estomago se negaba a hacer la digestión y a penas dejé que mi paladar saboreara los placeres del comer. Yo quería otro tipo de placer y se encontraba a mi lado. Deseaba que ese placer fuera eterno.
Y entre risas ahogadas, el reloj me traicionó.
Mis piernas no reaccionaban por muchas señales que mi cerebro les enviara para que se irguieran. Así que me quedé allí, postrada en la silla viendo como él se despedía uno a uno de todos los amigos que allí dejaba sin saber cuando los volvería a ver. Y al fin mis piernas se levantaron para esperarle, aunque, sinceramente, no sabía cómo reaccionar, qué decirle y no sabía qué me diría él... y bajo la mirada de unas cien personas, que creí por unos fragmentos de segundo tragadas por la tierra... o que por el contrario que ésta se nos había tragado a nosotros... el tiempo se paró.
Mis labios se helaron al contacto con los suyos. Me entregué a él completamente. Me dejé embaucar por su pasión y aquellos segundos parecieron ser años... Y tiernamente nos separamos aunque los dos buscábamos más.
Exhausta, un escalofrío recorrió mi columna lentamente mientras el despegaba sus tibias manos de mi rostro y mis piernas temblaron encontrándose con la silla mientras él seguía con su recorrido...
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